"Roll up, roll up for the magical mystery tour, step right this way". De esta forma tan ingrata comenzarían los Beatles su viaje por lo desconocido. Un viaje lleno de luces sin destino, personajes que parecen salidos de otro tiempo y un viejo autobús que sin duda no iba a llegar muy lejos. Desde lo más hondo que pueda ser de hondo un mal día, comienza este recorrido sin fecha de caducidad.
Sus ocupantes no atienden a nombres, no tienen raza ni rostro, aunque sí una vida propia que ellos mismos han creado con una única meta: ser una superestrella. Lo dicen esos que sin comprar billete lo tienen en su bolsillo; esos que uno a uno suben a un autobús pilotado por un chófer con gorra y cara de perro, un Bob Tail sucio y de grandes bigotes que saluda a los pasajeros con un 'Hola que tal'. Cuando el reloj marca la hora en punto de partir, los más rezagados siguen llegando hasta sus casas, aún queda tiempo, espera la eternidad.
'¡Adelante, hay sitio al fondo!', grita el esmerado 'can' que orgulloso expone en el parabrisas una fotocopia muy desgastada de su permiso de conducción. 'Suba usted con cuidado', apuntaba atento a la Mujer Portuguesa que ticket en mano intentaba acceder con algunas maletas vacías colmadas de sueños infinitos.
Lejos de lo que pudiera ocurrir en cualquier parte del mundo, rodeado de flashes de vanidad llegaba hasta la estación el Mono Falsificador, el Poeta Castrado y un loco soñador que no quiso desvelar su nombre, la única seña, decía, la encontraríamos en una canción de 'los fabulosos Beatles'; otra vez esos cuatro melenudos inmiscuidos en un viaje que no les pertenece.
Las cincuenta plazas están cubiertas, suena por los altavoces una extraña versión del 'Love will tears us aparts', de Joy Division. No sé quien ha elegido la música. Tal vez el chofer con cara de perro, quizá el casette pertenecia a esa vieja compañía de autobuses que hoy realizaba su último viaje, lo desconozco.
Cae la noche y el bus parte siguiendo el camino de baldosas amarillas. Desconfíen, esta historia nada tiene que ver con la ocurrida hace años en el país de Oz. Tampoco con ninguna caza de brujas. En el paisaje, solo el atisbo del panel referente a 'vehículo longo' hace vislumbrar movimiento en un horizonte que parece pintado por una inocente mano infantil, tal como la que más de uno mal controlaba en su tierna infancia.
Ahí va, sin saber porqué, todos acudieron a la llamada. Como la muerte de una estrella, un resplandor se pierde en el horizonte y emprende un viaje sin ticket de vuelta.
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